Un lugar
único en el mundo.
La Patagonia Argentina se encuentra ubicada en el extremo sur del
continente americano. Se extiende desde el río Colorado hacia
el sur, hasta Tierra del Fuego. Su relieve puede compararse con una
escalera gigantesca cuyo peldaño más alto es la Cordillera
de los Andes, desciende luego en una meseta escalonada y culmina en
la costa del Océano Atlántico, generalmente en acantilados.
Esta característica del terreno hace que se distingan tres zonas
bien diferenciadas: la Patagonia Andina, Patagonia Atlántica
y la Patagonia Central.
Es una
de las regiones menos pobladas del mundo, llegando a tener, en algunos
lugares, menos de un habitante por kilómetro cuadrado.
El clima
en general es frío, aunque los veranos son calurosos en la franja
central. Las temperaturas descienden a medida que se avanza hacia el
sur, debido a la cercanía de la zona polar. Pero el rasgo más
característico del clima patagónico es el viento. Los
vientos de esta región se originan en el Pacífico, descargan
su humedad en la zona cordillerana, provocando abundantes lluvias, y
barren luego, soplando con gran intensidad, la enorme meseta, árida
y seca.
Hay regiones, ciudades, aldeas y villas que esconden obsequios inesperados
para el viajero. Algunas de ellas quizá le muestren una pequeña
parcela de sus secretos; pero muchas jamás develarán sus
enigmas y misterios.
La Patagonia, sin embargo, es una región generosa con quienes
se atreven a auscultarla en toda su magnitud.
Le muestra
al visitante sus bondades naturales, pero junto a ellas, tal como si
le infundiera un halo espiritual, transmite una partícula imperecedera
del atractivo íntimo y misterioso que le es propio a cada pueblo.
Por ello,
quien recorra la Patagonia argentina dejará en el lugar que visite
"un algo" que provocará que el siguiente visitante
sienta la necesidad de ir hacia allá para recoger un bien largamente
anhelado: un tesoro de afectos, de ideas y de visión de paisajes.
Todo
eso es e implica la Patagonia.
BARILOCHE
TODO EL AÑO
A orillas
del Lago Nahuel Huapí, en el corazón del Parque Nacional
del mismo nombre, y en plena Cordillera de los Andes, la ciudad de San
Carlos de Bariloche extiende sus brazos a los habitantes del mundo y
les abre las puertas de la Patagonia Argentina.
Bariloche
está situado al oeste de la provincia de Río Negro. Es
un espacio en donde el tiempo parece haberse detenido para que sus visitantes
contemplen la prodigiosa belleza de su entorno, una escenografía
natural andina que brinda el cobijo cálido y seductor de su fisonomía
eterna y cambiante.
Se distingue
por sus características arquitectónicas y porque se encuentra
rodeada de cerros, bosques, Montañas de Nieves Eternas, lagos
y ríos. Ofrece al visitante las más variadas posibilidades
de turismo, tanto convencional como de aventura, y se disfruta en cualquier
estación del año.
En sus
calles aún se respira aire puro y el lago Nahuel Huapí
nos confronta con la inmensidad desde cualquier punto de la ciudad.
Caminar por los senderos de los bosques sigue siendo una maravillosa
experiencia para estar a solas con uno mismo y en armonía con
la naturaleza, lejos del estrés y la contaminación de
las grandes ciudades.
Frente
al tumulto de la gran urbe capitalina, los cien mil habitantes de Bariloche
aún conservan la idiosincrasia de un pueblo de montaña,
que no sólo ofrece a sus habitantes, ávidos de placer
y aventura, un manantial de vistas panorámicas y un encuentro
constante con la belleza natural, sino que también les entrega
la certeza de ser un crisol de razas y culturas lejanas, que se grafica
en la influencia indígena y alemana de su propio nombre.
La villa
de San Carlos de Bariloche se inició como una comarca de montañeses,
donde la mayoría de sus habitantes descienden de pioneros extranjeros:
suizos, alemanes, austríacos e italianos. Ellos llegaron de Europa
a establecerse en estas tierras, y trasladaron sus costumbres y forma
de vida dando, incluso, origen a los productos regionales que hoy caracterizan
a Bariloche.
El asentamiento
definitivo de pobladores en la zona se inició en el año
1881. Dos años después se construyó el Fuerte Chacabuco,
cerca de la desembocadura del arroyo homónimo, en el Río
Limay. Sólo constaba de tres ranchos de barro y paja, mangrullo
y foso.
Pero el primer hombre blanco que se afincó en lo que hoy es el
centro urbano de Bariloche, fue Carlos Wiederhold.
Este hijo
de alemanes, procedente de Chile, construyó su casa y más
tarde un local comercial, cerca del actual Centro Cívico. Se
dedicó al comercio de lanas y mercaderías, y con el tiempo
su establecimiento llamado "La Alemana", fue un centro de
reunión de los pobladores de la zona.
Se dice
que debido a una carta que recibiera el ciudadano Wiederhold, erróneamente
dirigida a "San Carlos" en lugar de "Señor Carlos"
o "Don Carlos", fue el punto de partida para la denominación
de la ciudad, que se dio el 3 de mayo de 1902, día de su fundación.
A San Carlos
se le agregó Bariloche, que es la deformación del nombre
del paso cordillerano de Vuriloche, palabra de origen tehuelche, que
significa gente distinta o diferente, de atrás o del otro lado.
Al principio,
ésta era una zona dedicada a la explotación agrícola
hasta que empezó a ser visitada por turistas atraídos
por sus paisajes y el ski, y todo el pueblo cambió el rumbo de
su desarrollo económico.
Bariloche
es el portal de los lagos patagónicos. Cuenta con una experiencia
turística de ocho décadas, una amplia diversidad de servicios
que se sostiene en una importante infraestructura de hoteles de todas
las categorías, y un movimiento anual de 650 mil turistas que
visitan la ciudad.
Hay pocos
lugares en el mundo en donde las estaciones estén tan marcadas
como en Bariloche. La nieve que cambia abruptamente el paisaje en el
invierno, la magia de los colores en la primavera, los largos y cálidos
días en el verano, los matices espectaculares en el otoño,
y siempre, la cordialidad de su gente.
Si decide
visitar Bariloche, no olvide que debe dejar atrás la prisa y
la ansiedad propias del citadino de las grandes urbes. Y sobre todo,
sepa que lo esperan una serie de experiencias que harán que la
afamada villa de San Carlos de Bariloche nunca abandone el desván
de sus recuerdos.